Pedacitos de un Tiempo Helado






Afuera hay un ocaso, alhaja oscura
engastada en el tiempo,

y una honda ciudad ciega

de hombres que no te vieron.

la tarde calla o canta.

Alguien descrucifica los anhelos

clavados en el piano.

Siempre, la multitud de tu hermosura.


A despecho de tu desamor

tu hermosura

prodiga su milagro por el tiempo.

Está en ti la ventura

como la primavera en el hoja nueva.

Ya casi no soy nadie,

soy tan sólo ese anhelo

que se pierde en la tarde.

En ti está la delicia

como está la crueldad en las espadas.



J.L.Borges
Sábados




-El cortado se te va a quedar helado.

Levanté los ojos del mantel, le miré un momento, asentí, y seguí haciendo dibujos de azúcar con el dedo. Continué contemplando el transcurrir de la existencia desde la mesa del bar donde siempre tomábamos el café de las tres, y pensé en aquel adjetivo certero, exacto y sin embargo ambiguo que acababa de escuchar; que cayó sobre mí igual que cayó en esa tarde, sobre esa ciudad, la inclemencia del invierno. Y no dije nada. Estaba muy lejos, muy cerca de él, me había perdido entre los dibujos de azúcar, entre la gente que cruzaba deprisa por el parque, bajo el luto del paraguas, entre ese viento que parece alterar el orden estético de la lluvia… Suspiré. Y sonreí cuando me percaté que unas gotitas de lluvia jugaban a las carreras en ese soplo de aliento que había dejado en el vidrio de la ventana.


-Cuando sonríes pareces un sol como los que pintan los niños pequeños, un globo amari…

-Ya no te quiero- y lo dije de una vez, sin vacilar, sin esconderme, mirándolo de frente; con la seguridad que proporcionan los papeles ensayados.




"Sigue leyendo este relato..."


Es bella la tarde en los umbrales del caos. Las palabras se desdibujan mientras a lo lejos se escuchan los lamentos tocando el ángelus. Una pregunta se asoma por el alero de la boca y deprimida regresa al nido llevando sobre sus puntos algunas motitas de amargura... Y no dijo nada, no habló, no se movió, ya ni siquiera me miraba, y yo empecé a desconocerme mientras me advertía a mí misma que era mejor que me quedase callada.

-El cortado se te va a quedar helado…- fue todo lo que me dijo después de levantarse. Lo miré un instante desde abajo, le vi coger su abrigo, enlutarse bajo su paraguas mientras se encaminaba hacia ese viento que altera el orden estético de la lluvia. Le vi mezclarse con la gente que cruzaba por el parque, como si tuvieran prisa, como si fueran a alguna parte… Al otro lado de la calle una anciana pasó frente a la iglesia y, sin mirarla, se bendijo de memoria, y continuó contando sus pasos apoyada en un bastón mientras su perro pisaba el sol reflejado en un charco de agua, a la orilla del andén. Sólo entonces me di cuenta de que la lluvia había amainado y de que era la hora de partir. Pagué. El camarero retiró el servicio dejando al descubierto una servilleta de papel con los versos que él me había dejado; constancia de ese pedacito de tiempo helado …

El Buque del Viento






"Con música de Zbigniew Preisner"


Sentado junto a la ventana,
A través de los cristales, empañados por la nieve,

Veo su adorable imagen, la de ella, mientras

Pasa... pasa... pasa de largo...


Sobre mí, la aflicción ha arrojado su velo:
Una criatura menos en este mundo
Y un ángel más en el cielo.

Sentado junto a la Ventana,

A través de los cristales, empañados por la nieve,

Pienso que Veo su imagen, la de ella,

Que no pasa ahora... que no pasa de largo...


Fernando Pessoa
"Cuando Ella Pasa"



“Antes de dormir

te vas a divertir.

Elije un sueño sin mirar,

nunca sabes cuál será”


Julia elegía volar.
Todas las noches volaba subida a la cresta de una suave ola, y se embarcaba en el buque del viento con el que surcaba campiñas de azules inmensos para poder bañarse en las ocres aguas de su estrella.
Todas las noches eran diferentes, y mágicas, y horizontales, y en todas encontraba siempre mágicos personajes que le preguntaban hacía dónde iba, y por qué, y para qué, y ella sólo sonreía para seguir meciéndose en la suave ola y llegar hasta su estrella. Pero por más que navegaba, por más que llegaba a lo alto del azul inmenso, por más que se pusiese de puntillas en la proa del buque del viento, siempre, siempre, se topaba con una ventana que le impedía alcanzarla.
Para Julia, como para todas las criaturas inocentes, aquello significaba el fin del mundo, el despertar de un secreto sueño. Y se quedaba pegada a los cristales como si fuera una estampa viendo pasar de largo a su estrella… su sueño… pasar… pasar de largo…

A pesar de ello, Julia nunca dejó de faltar a la cita, y todas las noches cantaba:





“Antes de dormir
te vas a divertir
Elije un sueño sin mirar,
nunca sabes cuál será.”


Lo que Julia no sabía es que, todas las noches, desde lo alto de esa ventana, la estrella miraba su carita aplastada en el cristal, con la barbilla sumida y la naricilla chata… y se reía mucho porque le hacía mucha gracia, y le decía que era una niña muy guapa.

Pero de pronto, una noche, dejó de ver aquella carita pegada en el cristal. Para la estrella, como para todas las criaturas celestes, aquello significaba el fin del firmamento, el despertar de un gracioso sueño. Se quedó esperándola en el azul inmenso una noche, y otra, y otra más… hasta que decidió abrir la ventana para ir a buscarla. Y no lo había siquiera pensado cuando de repente, aquella niña tan graciosa que siempre le hacía reír con su carita estampada en el cristal, con la barbilla sumida y la naricilla chata, apareció detrás suya.

Julia había alcanzado su sueño.
Y abajo, en el marrón inmenso, repicaban las campanas…

En los Renglones de tu Memoria




*A la memoria de Don Antonio y Doña María de los Ángeles. A quienes nunca conocí y sin embargo tanto quiero.




"Un tango para María de los Ángeles"
Letra



Cuando en tardes que sobran las palabras y el día
sólo somos tú y yo, cada cual con su espera
y sin embargo atados en la misma carrera
en el afán de luz, en la oscura alegría.

Cuando nada se entiende sino en tu compañía
que le pone a los pasos un eco de bandera,
cuando ya todo el sueño se curva en tu cadera
y sólo en ella crecen velas, barcos, bahía.

Cuando un día se sabe que pueda ser distinto
y se enciende la vida mientras amas y mueres,
cuando nada es distinto pero todo se evoca.

Cuando se pide a un cuerpo la luz de un laberinto
y naufragan los días sin saber ni quién eres
y me pides silencio con un dedo en la boca.


Jorge Egea




“Nací en España, pero cuando te vi supe que era Murciano.“

En el año 1937 Don Antonio rondaba los 57, era alto, seco y enjuto, y su espalda se mantenía enhiesta como una espada, las facciones curtidas por los vientos secos de Marruecos, dos hijos desaparecidos en el frente de Madrid, otro sin brazos por “esas cosas estúpidas que se hacen llamar máquinas”, y una mujer, Doña María de los Ángeles, postrada en la cama. Hacía un año que “se le había despertado el mal que por lo visto la pobre llevaba” en la pesada blandura de su cuerpo.

- Anda, Antonio, cuéntame otra vez cómo te hiciste Murciano- dijo Doña María mientras éste la ayudaba a incorporarse en aquella casa en la que se había convertido las cuatro esquinas de su lecho.
- Pero ¿qué te voy a contar que tú no sepas ya, mujer? ¡Si te lo he contado centenares de veces! O sino, acuérdate de cómo me hizo callar tu padre, tan harto como estaba de escuchar tanta cursilería -le contestó Antonio con fingida cólera.
- Anda, Antonio… cuéntamelo, ¿sí? –le dijo María sonriendo en honor al ingenio de su marido-. Mira que mi padre ya está bien “colocao” en su tumba-.

Y por enésima vez, Don Antonio le contó a su esposa lo que tantas y tantas veces le oyó recitar en esas tardes de agosto como aquella, cuando se sentaban en sillas con respaldo de madera y asiento de anea, uno al lado del otro, junto a la puerta de su casa en la Calle de la Paz “pa’ que les diese el aire”.

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En la época en que conoció a quien llegaría a ser la mujer de sus desvelos, él acababa de ser ascendido al grado de Cabo de Carabineros. Paseaba por la plaza de su pueblo, Águilas, cuando se encontró de frente con aquellos ojos tan oscuros, tan profundos y tan expresivos, que ya no pudo ni quiso dejar de mirarlos. Fue tal el flechazo de amor que recibió de esos ojos que, aquella noche, cuando regresó a su casa, le compuso unos versos. Al día siguiente la buscó, rezando para que la suerte le acompañase y pudiese encontrarla en la misma plazoleta de la tarde anterior. Y así fue como aquella tarde de Agosto de 1989, Doña María de los Ángeles vio venir de frente a un hombre vestido con un uniforme gris-verde, con el pecho saliente y una sonrisa que dejó entrever la perfección de su mandíbula y que, sin mediar palabra, le hacía entrega de aquellos versos que él le había compuesto la noche anterior. La leyó con aquellos ojos que habían condenado a los de Don Antonio a una impotencia peor que la ceguera y que ahora con tanto asombro le miraban, y pensó que por mirarlo, ya le amaban.

- Y después de eso, y de unas cuantas cosas más, nos embarcamos hacia Mallorca- prosiguió con lágrimas en los ojos. A Don Antonio, que no lloraba nunca, que no lloró cuando se le desaparecieron sus dos hijos, ni cuando le amputaron los dos brazos a otro de su hijos, ni cuando se le murió su madre sin estar él presente, se le quebró la voz, aquella voz que siempre decía cosas muy grandes con palabras muy pequeñas y que en ese instante se le volvió delgada, fina como el cristal, rota; una voz suya y al mismo tiempo extraña cuando comprendió que ese “padecer la pobre, era imposible poder explicarlo”. – Ay, María…-.

Y Doña María de los Ángeles puso su dedo índice en los labios de su esposo rogándole de esa forma un silencio que era de los dos, un silencio que guió sus pasos hasta aquella tarde de agosto de 1898 en la que vio venir de frente a un hombre vestido de uniforme verde-gris con el pecho saliente y una sonrisa que dejó entrever la perfección de su mandíbula, para decirle que “nací en España, pero cuando te vi supe que era Murciano.”

Así, amando, murió Doña María de los Ángeles aquella tarde de Agosto de 1937.

-Más en el primer comentario-

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